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Educación e Ilustración. Manifestaciones en Cantabria

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Educación e Ilustración. Manifestaciones en Cantabria
Pensamiento de los Ilustrados y Educación
Manifestaciones en Cantabria
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Resumen

Se ha denominado al siglo XVIII, “siglo educador”, dada la preocupación que hubo en el mismo por abordar algunos aspectos educativos hasta entonces olvidados: cualificación de los maestros, educación cívica y física, enseñanza de las ciencias prácticas y útiles, educación de las niñas, empleo de la persuasión y premio antes que del castigo o el conocimiento de la psicología del alumno. Se intenta formar buenos ciudadanos, útiles al Estado y a la sociedad. Al final de cuyo proceso se conseguirá la felicidad individual y colectiva a la que aspira todo ciudadano.


I.- Educación e Ilustración.

 

Introducción

A lo largo del siglo XVIII, especialmente en su última mitad, se observa en España una creciente preocupación por los aspectos educativos.
Esta preocupación es heredera del afán racionalista europeo del siglo anterior que resume la máxima kantiana: “Ten el valor de utilizar la inteligencia”;  o recuerda que D´Alembert acababa el Discurso preliminar de la Enciclopedia con una apología del progreso científico y del espíritu experimental.

Desde la perspectiva de la Ilustración se hace un especial hincapié tanto en las potencialidades del hombre y del saber como en las posibilidades del conocimiento en la transformación de la sociedad. No faltan en España elementos conformes con esa mentalidad ilustrada: apertura a nuevas ideas, actitud crítica, secularización, fe en el progreso y felicidad pública, además de una profunda confianza en los beneficios de los saberes útiles.

Los temas educativos estuvieron muy presentes en el pensamiento de los ilustrados españoles, dada su inquebrantable fe en el poder de la educación como clave para la renovación cultural española y para alcanzar, en el sentido más omnicomprensivo del término, la felicidad de los pueblos. Por otro lado, el proyecto de modernización de los Borbones exigía lograr el control de la enseñanza como una fase más, y fundamental, de la anhelada centralización política.

El protagonismo principal correspondió a la enseñanza de las primeras letras. Esto por distintos motivos:
En primer lugar porque, en términos cuantitativos, ésta se hallaba implantada en la totalidad del territorio español durante el siglo XVIII, aunque bien es cierto que con distinta intensidad según los lugares. Esta realidad no ocurría en los casos de enseñanza secundaria y, menos aún, en el de los de enseñanza superior.
En segundo lugar, porque el conocimiento de los rasgos distintivos del nivel primario de enseñanza podría ser un indicador de los logros alcanzados en el sistema educativo en su conjunto.

En último lugar, porque la instrucción primaria representaba para los ilustrados, al menos en teoría, la pieza fundamental de su programa de modernización de la realidad social española. Esta instrucción era un paso previo obligado para cursar los estudios secundarios o de “latinidad” y los de bachiller y licenciatura en la Universidad.

Las primeras letras posibilitaban también al amplio sector social de campesinos y artesanos acceder al conocimiento de las “artes aplicadas” más directamente relacionadas con sus actividades laborales. Por otra parte, las escuelas de primeras letras se concebían, a la vez, como vehículos difusores del ideario de la Ilustración.
En definitiva, la enseñanza primaria era la plataforma desde la que abordar las necesarias reformas económica, social, política y cultural que se predicaban de los tiempos nuevos de “las luces”.

En España los ilustrados trataron de mantener la compatibilidad secular entre la libre especulación y las verdades reveladas, contando así con la adhesión del sector más ilustrado del clero, sector minoritario que contribuyó, como veremos, a la  difusión e implantación de los ideales ilustrados en los distintos aspectos educativos. La Iglesia y el Estado colaboraron en estas tareas, la primera con su influencia y sus riquezas; el segundo con el poder de coordinación y canalización, ayudado con los resortes de la autoridad.

Los ilustrados fueron conscientes de que la clave para lograr las transformaciones que buscaban estaba en la educación, en sus distintos niveles. Pensaban que la pobreza, la injusticia, la ociosidad y las demás arbitrariedades existentes tenían su raíz en la ignorancia, y que, una vez desterrada ésta por el imperio de las luces, desaparecerían las consecuencias de la misma. Quisieron mantener una educación para las clases populares de la sociedad y otra para las altas; eran reacios a la mezcla de clases y defendían la división jerárquica de la sociedad tradicional; sin embargo, en todos los niveles educativos se impondrían ciertas normas comunes: una religiosidad ilustrada, exenta de supersticiones; amor a la nación y obediencia a su representante, el Soberano, y a las leyes civiles; concepto de servicio, que a veces hizo degenerar los ideales culturales hacia un mero utilitarismo.

No podemos olvidar el carácter minoritario y elitista de nuestros ilustrados, miembros de la nobleza en buena parte, convencidos del gran poder de la educación y de su capacidad para conseguir la felicidad ansiada. Enfocan la educación desde una óptica utilitaria y desean hacerla universal, estableciendo diferencias en contenidos y niveles. Defienden una pedagogía donde la persuasión y los premios sustituyan al castigo y la represión.

Un cauce importante para la difusión de las ideas de los ilustrados en España fueron las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, creadas, en su mayoría, a finales del siglo XVIII. Estas entidades pusieron todo su empeño y sus medios en la erradicación de la ociosidad y en la implantación de las medidas necesarias para la educación de la infancia y la juventud.



 

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