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Foto con historia

Cuarenta, y UNA (Valencia 1963)

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1963VALENCIA

 Una, es decir yo, estudiaba segundo curso de Filosofía y Letras en el viejo caserón universitario de la calle de la Nave, en Valencia. Estaba a punto, pues, de acabar lo que llamábamos ‘comunes’ y de escoger alguna de las especialidades que entonces se impartían en Valencia (Historia y Filosofía), que me llevaría, tras los correspondientes tres cursos, a convertirme en Licenciada en Filosofía y Letras.

Corrían los últimos meses del año 1963. Yo acababa de cumplir 18, y fue entonces cuando, en un arrebato juvenil, comuniqué a mi familia que no me gustaba ninguna de las opciones que se ofrecían, y que dejaba de estudiar. Mi padre, no se muy bien si como castigo o, sencillamente, actuando en consecuencia, me buscó un trabajo más o menos adecuado a mis condiciones e intereses. Alguna vez había expresado mi inclinación por la enseñanza, así es que, de repente y sin más estudios ni titulación, me vi al frente de una clase de cuarenta mocosos y mocosas de entre 2 y 6 años de edad en un centro privado de un barrio marginal de la capital del Turia.

Se llamaba Academia Cumbre, y no tenía nada que ver con el actual colegio valenciano del mismo nombre, que pertenece a los Legionarios de Cristo. Ocupaba el piso bajo de una sencilla casa de viviendas del extrarradio urbano de Valencia, al borde mismo de la huerta que se iba recortando a medida que crecía la ciudad. Tres exiguas, mal iluminadas y peor ventiladas habitaciones hacían las veces de clases: una de niños, otra de niñas (ambas para edades entre los 6 y los 14 años), y la tercera, mixta de párvulos, a mi cargo. La maestra de las niñas, doña Amparo, ejercía también de directora desde un pequeño despacho habilitado en la cocina. Un mínimo local de aseo al fondo de un estrecho patio de luces completaba la dotación de espacios. Ni patio de recreo, ni gimnasio, ni zona de juegos, ni biblioteca: nada parecido a un centro actual de los niveles elementales de enseñanza.

Estaba al final de la calle Sagunto, más allá del colegio de los Salesianos, que aún existe, y tras la avenida de circunvalación conocida como ‘Tránsitos’. Esta última vía era de una configuración muy curiosa, a la vez que muy ilustrativa de los rasgos rurales de la tercera ciudad española en número de habitantes: en las dos orillas de cada uno de los tramos rectos de su envolvente trazado tenía unas roderas metálicas a modo de anchos carriles paralelos, por los que circulaban a buena velocidad y con notable ahorro de esfuerzos los carros de tracción animal que ponían en comunicación a los mercados de la ciudad con la inmediata huerta.

Era el único centro de enseñanza elemental, público o privado, en una barriada de familias muy humildes, muchas de ellas inmigrantes de zonas rurales de la Valencia interior o de otras provincias limítrofes. Ignoro lo que el empresario, que tenía alguna otra academia por el casco urbano valenciano, cobraba por alumno, y tampoco las condiciones bajo las que se contrataba al profesorado. Pero yo no recibía más de 800 pesetas al mes (ahora serían algo menos de 6 euros), y mi titulación no pasaba de un Bachillerato Superior por Letras.

Vivía yo por entonces en el barrio de Mestalla, junto al campo de fútbol. Para acudir a mi trabajo iba andando por la margen izquierda del río Turia, pasando por delante de los jardines de Viveros (siglo XIX), del Museo de Bellas Artes San Pío V (ss. XVII y XVIII), del Real Monasterio de la Trinidad (s. XIII), y de la estación central del ‘trenet’ conocida como ‘del pont de fusta’(inicios del s. XX). Un paseo, tan hermoso como histórica y estéticamente variado, que me llevaba al puente de Serranos, donde tomaba el tranvía número 6 hasta mi destino laboral.

Mis cuarenta pequeños alumnos apenas cabían en la sala, estrecha y alargada. Los pupitres tenían una sencilla estructura metálica, y la mesa y su asiento corrido eran de tablero aglomerado chapado de formica. Se distribuían en dos columnas que dejaban en medio un pasillo, y estaban orientados en una sola dirección: hacia el pizarrón que formaba la pared frontal pintada de negro. En uno de sus extremos, una pequeña mesa donde yo tenía escasas ocasiones de sentarme; en el otro, la puerta acristalada de entrada, que comunicaba con el patio de luces y proporcionaba la única y exigua iluminación de la clase. Ningún atisbo, pues, de adecuación funcional ni higiénica a un alumnado infantil de tan corta edad.

Poco puedo decir de lo que hacíamos en clase, ni de los métodos que empleaba, ni de los recursos con que contábamos: intentaba guardar un cierto orden, atendía a las necesidades de todo tipo que pudieran expresar mis pequeños discípulos, recitaba con ellos algunas oraciones, cantaba las musiquillas más tradicionales y, sobre todo, trataba de que empezaran a leer (con la cartilla ‘Palau’), a escribir (con los cuadernos ‘Rubio’) y a contar (con lo que tuviera a mano). Tenía que hacer de madre además de maestra, y todo sin haber cumplido 19 años.

No era extraño que la clase se convirtiera con frecuencia en un guirigay, mezcla de risas, lloros, voces y chillidos, en el que yo podía participar con algún que otro grito pidiendo orden y silencio, expresando enfados o repartiendo elogios y reprimendas. En una de estas, un pequeño de tres años al que había tenido que reñir dio una temprana muestra de lo que luego habría de llamarse ‘contestación estudiantil’. Encarándose ante mi metro ochenta de estatura desde sus no más de sesenta centímetros, me soltó con gesto de pocos amigos: Mu chula vienes tú hoy ¡¿eh?!

El día de la foto, el fotógrafo se presentó de improviso, y faltaba una alumna. La entrada en la clase de un adulto desconocido armado de un extraño instrumental produjo un sobresalto en mi alumnado, y una chiquilla se echó a llorar. Hube de cogerla en brazos, mientras el resto de sus compañeros se apiñaban a mi alrededor, más por protegerse del invasor de su cotidianidad que por seguir sus indicaciones.

Y así salió la fotografía, testimonio entrañable de mi primera experiencia docente, de un tiempo irremediablemente pasado, y de una cultura escolar felizmente superada.