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Homenaje a Ana María Chacón

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Homenaje - Ana María Chacón Pedrosa


 

Ana María Chacón Pedros

Abrimos este número de Cabás dedicándolo a muestra amiga y compañera Ana María Chacón Pedrosa, fallecida la madrugada del día 7 de noviembre de 2011 después de luchar contra una larga enfermedad.
En esta revista, en la que Ana puso toda la ilusión y empeño, vemos el lugar más adecuado para expresar la muestra de cariño de todos aquellos que tuvimos la fortuna de conocerla y trabajar con ella.

Ana María Chacón Ana María Chacón

 

 


Siempre en el recuerdo...

Ana…, aún cuesta pronunciar el nombre de nuestra gran amiga y compañera sin que la emoción te hiera. Hace dos años del fatídico día que un simple informe médico anunciaba tímidamente la cruel enfermedad que acabaría sesgando una vida llena de ilusiones.
Ana llegó a este centro ya antes de su inauguración. Ella estaba aquí cuando empezó a gestarse el proyecto, entusiasmada por dar vida a lo que entonces sólo eran ideas. Nuestra amiga ejerció su labor en colegios de distintas comunidades y centros de profesores, y en su ansia de evolucionar y encontrar nuevos retos, descubrió en el Centro de Recursos de Polanco una fuente de desarrollo profesional que le satisfacía de forma plena.
Trabajar con ella estos últimos años ha sido algo inmensamente gratificante y enriquecedor. Ante todo, hay que destacar su faceta humana, siempre ha sido una persona alegre, jovial y muy optimista. Ana llegaba todos los días al trabajo con una sonrisa en sus labios y una palabra agradable, era una de esas pocas personas que, por fortuna, durante sus 48 años nunca perdió la capacidad de reír.
Era inquieta, dinámica, proactiva, decidida, entregada, comprometida, responsable… y, sobre todo, muy creativa. En su cabeza no paraban de rebullir proyectos que irían dando sentido a la faceta más educativa del CRIEME. Así nacieron “Viajamos a la escuela del pasado”, “Aquellas escuelas olvidadas”, el “Rincón del alumno”, el “Cuaderno viajero”, “Jugamos con plumilla”, concursos escolares, exposiciones… Ponía tanta ilusión en cada proyecto que se hacía muy fácil seducir a los centros con nuestras propuestas. Ninguna actividad le resultaba ingrata, más bien al contrario, le inquietaba no poder poner en marcha todas las iniciativas que le surgían de forma tan natural como respirar. Con ella, la labor diaria era apasionante; disfrutaba de compartir en equipo, se comprometía siempre con la tarea y sabía valorar el quehacer de los demás. Ana no sumaba su trabajo al del otro, tenía la capacidad de multiplicarlo. Ella, como buena maestra de infantil y pedagoga que había sido, era una profesional “todo terreno”; se enfundaba en una sencilla bata de colegio y, al igual que reflexionaba y escribía, también recortaba, pintaba, pegaba, movía… y todo con enérgico entusiasmo. En el centro permanece viva y presente la imagen de Ana montando las exposiciones temporales, trabajando en los talleres o guiando a las visitas, y recordamos cómo simplemente con su presencia nos contagiaba a todos convirtiendo un trabajo en un disfrute.
Su labor en Polanco nunca estuvo sujeta ni al calendario ni al reloj; era frecuente encontrarla por las mañanas comentándote la última idea que había tenido la noche anterior, el trabajo que había finalizado la pasada tarde o las ingeniosas ocurrencias que traía del último museo visitado.
Era una persona abierta, sociable y exquisita en el trato, su manera de ser propició el acercamiento de muchas personas e instituciones. Hacía que cualquiera se sintiese cómodo en sus entrevistas y vídeos, facilitaba la comunicación y la relación, y nunca dejó de contestar a un correo o de responder a un compromiso.
Ana quería participar; participar en los centros, participar en los congresos, participar en las publicaciones, participar de una comida con los compañeros o de una excursión al campo. Siempre ha querido participar, siempre ha querido vivir plenamente.
Incluso con el azote de las quimioterapias, los mareos y los dolores, Ana siempre estuvo ahí. Desde casa, aun estando de baja, en cuanto tenía un momento de respiro enviaba un mensaje, llamaba para preguntar sobre la marcha de los proyectos e incluso te mencionaba algún que otro plan a poner en marcha el día de su vuelta. Nunca se resignó a la enfermedad, nunca dio la batalla por perdida, siempre hubo un hueco para la esperanza. Ella fue un ejemplo para todos, incluso en sus últimos momentos.
Benjamin Franklin nos dice "¿Amas la vida? No desperdicies el tiempo porque es la sustancia de que está hecha.". Esta cita reflejaba el sentir de Ana. Incluso antes de su enfermedad y hablando, en ocasiones, del fin de nuestros días, a ella no le preocupaba el fin en sí mismo, lo que le inquietaba es que el diario de su vida estuviese lleno de hojas en blanco. Por fortuna, consiguió rellenarlo con excelente contenido y caligrafía.
Conociendo la forma de ser de Ana, sé que no le gustaría que su recuerdo sólo nos evocase dolor, así que mis últimas palabras serán como a ella le hubiesen gustado, recordando la suerte que hemos tenido de convivir con alguien tan especial, de compartir trabajo, viajes, congresos y buenos momentos, de la fortuna que tuvimos participando de sus ideas y proyectos, de lo que aprendimos, de lo que nos enseñó respecto al trabajo y de lo que nos enseñó respecto a la misma vida.

José Miguel Saiz Gómez. CRIEME


Razón y corazón

Respecto a la muerte de Ana Chacón, me doy cuenta de que ha sido la primera vez, y espero que sea la última, que esto le ha sucedido, sin tenerle que suceder, a una persona de mi círculo más cercano.
Sabemos que la muerte es un fenómeno de la vida, no algo ajeno a ésta. Que, lo dice Heidegger en El ser y el tiempo, “la muerte es un modo de ser que el `ser ahí´ toma en sí tan pronto como es”. Somos, desde nuestro mismo inicio, un “aún no” relativo a nuestro fin, continúa Heidegger. Pero mientras el final de una fruta, por ejemplo, coincide con su madurez, con su plenitud, con la incapacidad para surgir más posibilidades en ella que las ya agotadas, la muerte a una persona le quita, le arrebata siempre posibilidades.
Y, en el caso de Ana Chacón, las posibilidades quitadas han sido muchas. Muchas por la edad que tenía, cuarenta y ocho años, en la que el “aún no” de Heidegger aparecía como algo claro y rotundo, potenciado por una vitalidad que todo lo llenaba. Y muchas también porque estaba en un momento de su biografía en el que vivía ilusionada con sacar adelante diferentes objetivos en el terreno profesional.
Uno de estos objetivos era, sin duda, la continuidad de la revista digital Cabás.
A la manera del conocimiento para Pascal, siempre me pareció que los actos de Ana estaban guiados por el corazón, que llegaba allí donde la razón no llega. Un corazón que conseguía un conocimiento directo, espontáneo, adivinatorio que abarcaba mucho más que lo que pudiera abarcar la pura razón.
Y, guiada por ese corazón, sintió que una revista digital dedicada al patrimonio histórico-educativo era posible realizarla desde el CRIEME de Polanco; que se podía, cada seis meses, reunir artículos sobre este campo si éramos capaces de hablar con unos y con otros, insistirles, convencerles…
Todavía no existía un nombre para la revista. Pero Ana Isabel Martínez, profesora de Inglés en el Instituto de Heras, nos trajo, como donación para el CRIEME, su bonito cabás de cuando era niña. Y de nuevo el corazón de Pascal funcionó en Ana: “Ya tengo nombre para la revista. Se llamará Cabás. El nombre viene que ni pintado. Y le diré a José Miguel que coloque en la cabecera de la revista una imagen del de Ana Isabel, que es muy bonito.”
Y el Cabás se empezó a llenar de artículos, de experiencias, de fotos con historia… Y Ana Chacón se ilusionaba metiendo en cada número de su Cabás, como una niña que mete en el suyo cuadernos y útiles de escritura antes de ir a la escuela, los originales que muchas veces tanto había costado conseguir.
Dice Francisco Umbral en su Mortal y rosa que “el universo no tiene otro argumento que la crueldad ni otra lógica que la estupidez”. Y argumentos y lógicas así hicieron que la enfermedad, como al hijo de Umbral en ese libro, no le dejara a Ana continuar. E hicieron, a la vez, que los demás, como le pasó al novelista, nos quedáramos “viviendo tu muerte, porque la muerte hay que vivirla en la vida.”
Séneca, en el tratado De consolación, insta a Polibio a que se alegre “de haber tenido un tan buen hermano, y da gracias del usufructo que de él gozaste, aunque fue más breve de lo que deseabas.” Y, también, a que se concentre “en esta ocasión más hondamente en tus estudios… No halle el dolor por parte alguna entrada en ti. Alarga asimismo la memoria de tu hermano en alguna obra de tus escritos… La memoria del ingenio es inmortal; dale ésta a tu hermano.”
Vamos a seguir las sabias enseñanzas del estoico romano y hacer que este número 6 de Cabás, y todos los siguientes que esperemos lo continúen, se conviertan en mejor monumento a la memoria de Ana Chacón que “labores de piedra” o “fábricas de mármol”, porque ni las tempestades ni el tiempo, dice Séneca, eso lo consumen.

José Antonio González de la Torre. CRIEME


El baúl de Ana

He vuelto a Polanco con el ánimo cargado de recuerdos del pasado, pero roto por la cruel realidad del presente.
Porque nuestro museo de Polanco, sin Ana, encierra un vacío que los recuerdos no pueden llenar. Ya no suena su alegre llamada ¡al café!; ni las tertulias de intenso trabajo del Sotileza tienen la vigorosa pasión que ella imprimía a sus opiniones; ni fluye la cascada continua de sus proyectos e iniciativas; ni corretea, piso arriba piso abajo, el travieso Plumilla; ni acuden a su imperiosa invitación colegios, grupos de alumnos, profesores, investigadores, padres, abuelos; ni la revista Cabás levanta diligente su semestral vuelo. Destilan tristeza La Cartilla del curso 2011-2012, las Vidas Maestras de jubilados de este año, los Cuadernos Viajeros, la exposición Trazos, el Aula Histórica. Tristes estamos los compañeros de Ana; tristes y vacíos, aunque rebosemos de recuerdos felices, que quisiéramos fecundos.
Conocí a Ana hace unos cuantos años, cuando la mecánica de asignación de tareas en la Inspección me llevó a visitar el aula de una maestra de Laredo, desconocida para mí, para informar su solicitud de licencia de estudios. Tenía previsto dedicarle no más de una hora, pero me quedé toda la mañana. Su clase de pequeños de cuatro años era (y aquí vale de verdad el tópico) como una colmena laboriosa a la vez que ordenada y feliz. Sus niños no me hicieron caso en absoluto, tan absortos estaban en sus tareas y tan interesados en lo que les proponía su ‘seño’: una maestra joven, guapa, alegre y simpática, que, en la conversación posterior, rebosaba y transmitía ideas e ilusiones sobre una profesión docente a la que estaba dedicada en cuerpo y alma. Quedé abrumado por su entusiasmo, y, a la vez, enardecido por su ejemplo: aprendí mucho de aquella visita, y por mucho tiempo conservé impresionado el recuerdo de su protagonista.
Hasta que, acabado el siglo, volví a encontrarme con Ana cuando preparaba el equipo que habría de poner en marcha el museo escolar de Cantabria en Polanco, el llamado oficialmente Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de la Escuela. Su respuesta a una primera y sutil invitación fue tan entusiasta como cabía esperar de aquella maestra de párvulos que había conocido en Laredo quince años atrás. En poco tiempo leyó, investigó, viajó, preguntó, y, sobre todo, pensó en lo que podría ser un museo escolar y lo que ella misma estaría dispuesta a hacer en él; elaboró un proyecto que explicaba con pasión, y, tras un proceso de selección, pasó a formar parte del equipo inicial (junto con José Antonio, José Miguel y yo mismo) que emprendió la emocionante aventura de conservar, recuperar, estudiar y difundir el rico patrimonio histórico escolar de nuestra región.
Revivía yo con desánimo estos recuerdos recorriendo las frías salas de nuestro museo de Polanco, cuando reparé en un humilde objeto abandonado en el suelo del otrora soleado y alegre despacho de Ana, ahora triste y oscuro: un baúl, el baúl de La escuela del pasado, el baúl de Ana. Lo creí, como todo el resto, vacío e inerte. Pero dentro de aquel sencillo objeto, ahora huérfano de su creadora, que había cargado con él por tantos sitios predicando el respeto y la devoción por las viejas escuelas, estaban las huellas del trabajo de Ana, el legado que dejaba a quienes podíamos mantenerlo vivo y ser fieles tanto a su recuerdo como a su obra. Allí estaban la Cartilla, y Plumilla, y Cabás, y los Cuadernos Viajeros, y el aliento de sus ideas, de sus proyectos, de sus ilusiones.
Allí se encerraba la valiosa herencia de una compañera inolvidable.
Comprendí que Ana no había querido irse sin dejarnos, además de tantos y tan gratos recuerdos, un precioso tesoro. Desde ahora, nuestro museo de Polanco, cual castillo encantado, tendría un auténtico tesoro escondido dentro de un baúl: el baúl de Ana.

Juan González Ruiz


El ejemplo de Ana

Cuando conocí a Ana Chacón, estaba en preparación el primer número de la Revista Digital Cabás.
Rápidamente, me transmitió que una revista de las características de la que en el CRIEME de Polanco estaban elaborando no existía y que, por ello, podría ser un importante medio de difusión de investigaciones sobre el patrimonio histórico-educativo. Además, me continuó diciendo, la edición digital posee unas ventajas que la edición impresa no tiene, porque puede llegar a estar al alcance de personas interesadas en lugares muy diversos de manera inmediata.
El tiempo le dio rápidamente la razón, porque empezaría, ya al poco de la aparición del primer número, a recibir correos de lectores de muchos lugares que se congratulaban por la existencia de una publicación de esas características.
Me enseñó Ana en aquel mes de febrero de 2009 los artículos que ya se habían recibido e iban a ser publicados. Aún faltaba alguno, ya comprometido, para ese número 1. Y, cuando estos fueron llegando, su ordenador se convertía en una caja de regalo que ella, sin despegar los ojos de la pantalla, abría sabedora de que dentro había un valioso contenido.
Me impuse la obligación de leer los artículos rápidamente, porque sabía que ya al día siguiente Ana me preguntaría por lo que me había parecido el último recién llegado. Y no solo porque intuía yo que esa interrogación se iba a producir, sino porque, estando acostumbrada a la mucho más tediosa lectura de libros y publicaciones de didáctica, la de los artículos que después iban a aparecer en Cabás me iba resultando muy interesante. El sueño que al filo de la medianoche me aparecía habitualmente con los teóricos del currículo no llegaba a manifestarse con la lectura de los originales recibidos para Cabás.
Ni la enfermedad pudo con el entusiasmo de Ana Chacón por sacar adelante los últimos números de Cabás. Porque, para asombro de los que hemos sido sus compañeros, Ana quiso, disciplinadamente, aprovechar los momentos que el tratamiento le daba tregua para continuar trabajando en la que fue su revista.

Mª Isabel Blanco Vargas. CRIEME


Pensar y sentir el pasado de la escuela:
Recordando a Ana Chacón

Polanco: jamás en mi existir tuve oportunidad de pisar tu pedagógico suelo;
y, aún cuando hoy, desde la Valencia del Turia de verte la dicha pierdo;
me entristece que haya tenido que partir Ana al celeste cielo,
para que a esa fértil tierra llegue para ella, tan raso y sencillo verso.

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Fotografía: Antonio Javier Berenguel.

Ayer te soñamos con babi azul y blanco de cuadritos; sonrisa en la cara; mejillas sonrosadas; coletas rubias con lazos rojos en el pelo; y pluma en mano con tinta negra -mientras dibujabas sobre papel de estraza lo que significaba para ti la escuela-. Fue agradable despertar y encontrarte esta vez en nuestro pensamiento y entre nuestros sentimientos, sentada sobre un viejo pupitre cántabro, jugando a pesar de los años, a ser la mejor maestra; regalando tu mejor hacer, estar y ser a quienes te rodeaban, mientras mecías a un muñeco en tus sueños, como si fueras una niña que disfrutaba con sus zapatos nuevos augurando una infancia de carcajadas perennes.

Afortunadamente, tiene el corazón razones que la propia razón desconoce; tiene el ser humano la capacidad de vivir un sueño despierto cuando el recuerdo permanece vivo; tiene el ejercicio docente la capacidad de hacer y hacernos mejores a través de la construcción de sueños educativos -ligados a los sentimientos más auténticos-; tiene el pensamiento un valor incalculable cuando se despliega y se encuentra a solas con el espíritu; tiene el adios un matiz siempre celeste cuando resucita en el alma; tiene la vida lecciones que nos enseñan a reflexionar para mejorar cada mañana. Pero, a pesar de todo y, aún así, sigue siendo preciso en el acontecer de nuestros días, insistir en interiorizar la capacidad de aprender a esperar lo inesperado. Eurípides así nos lo recordaba.

Por octubre, te llegó tu última tarde terrenal; el anochecer definitivo te alcanzó cuando aún no habías terminado de memorizar todas las tablas de multiplicar; cuando todavía no habías sido capaz de centuplicar los valores que durante mucho tiempo habías hecho personalmente tuyos; cuando ni siquiera habías terminado de sumar todo lo conseguido; cuando te faltaba aprender a dividir por tres cifras todo aquello que no nos humaniza del todo; cuando realmente no te había dado tiempo a elevar al cubo el sentimiento hecho canción de cuantos escolares visitaron el CRIEME, para hacer hablar a tantas piezas inertes -pero a la vez tan vivas-, que conforman la cultura empírica de la escuela (Escolano, 2009).

La noche te usurpó silenciosamente mientras te quedaban fuerzas para soñar que otra educación es posible; para pensar que una escuela mejor puede construirse día a día; para jugar a fruncir sobre tela de seda el bordado más fino del tiempo educativo; para imaginar que serías capaz de vencer a la debilidad del cuerpo; para contribuir en la recuperación del patrimonio y memoria de un ente social llamado escuela. Y, se paró el reloj del tiempo, a la par que lentamente comenzaron a dormir para siempre las manillas del reloj de tu vida. Y, el jilguero dejó de cantar; la flor se marchitó en un segundo; el sol no fue capaz de brillar reluciente; el agua de la mar dejó de fluir con fuerza; el poeta no pudo encontrar rima asonante alguna; la maestra no terminó de construir su mejor metáfora; la abuela no encontró el caramelo de fresa ácida en el bolsillo de su falda; y, las campanas de la torre del templo, cerraron un agrio anochecer con su repicar más lúgubre.

Los que tuvimos la suerte de vivir con Ana algunos días, horas, minutos..., de alegrías y sonrisas compartidas, seguramente sigamos siendo capaces de encontrar momentos para -recordándola-, dibujar en un pizarrín el símbolo del amor; saltar a la comba o lanzar una peonza haciéndonos niños mientras jugamos; abrir un cabás para oler a lápices Alpino; buscar un cuaderno amarillo para toparnos con la mejor caligrafía; escuchar la nana de la infancia más tierna para sentir un fuerte abrazo en la distancia; rezar una oración de paz en voz baja para darle la bienvenida al día; recitar un poema de memoria para cantar a la amistad auténtica; señalar en un mapa político la ciudad del compromiso, el pueblo de la voluntad y el río de la responsabilidad que nos lleve al mar de la satisfacción personal; respirar en definitiva, el aire más puro del tiempo educativo (Álvarez, 2011).

El CRIEME, en su empeño por conservar y recuperar el patrimonio históricoescolar cántabro, deberá seguir caminando. Machado nos lo recordaba: “Al andar se hace el camino; el camino se hace al andar”. Ahora, a este centro de recursos, interpretación y estudios de la escuela, le corresponde dar nuevos pasos con el esfuerzo de otras tantas personas que con ilusión cada día ponen de manifiesto lo que mejor saben hacer, pensar y sentir. Ana seguirá siendo recuerdo y memoria escolar siempre viva; evocación para el trabajo con el alumnado; ejemplo del pasado del CRIEME y testimonio pedagógico para el mañana de la escuela; inventario y catálogo del fondo documental y bibliográfico de los sentimientos estudiantiles cántabros; y, por supuesto, continuará siendo contenido memorial imprescindible de exposiciones permanentes en la catedral educativa por excelencia levantada en el suelo pedagógico de Polanco. Sabemos que cuanto más oscuras se pongan las mañanas de la escuela, más necesaria seguirá siendo la luz educativa.

Nos recuerda Josefina Cuesta (1998: 207), que el silencio y el olvido están indisociablemente unidos a la acción de la memoria. Todo silencio u olvido, sostiene un proyecto o una identidad, eliminando el pasado en aras de un presente o de un futuro que se pretende construir. Y, precisamente por ello, confiamos en que estas palabras que escribimos hoy tratando de rendir nuestro particular homenaje a Ana Chacón, mañana sean al menos, testimonio y voz capaces de poner en valor el trabajo que esta maestra fraguó, tanto en cuanto fue capaz en su presente de pensar y sentir el pasado de la escuela. Mientras tanto, la nostalgia seguirá siendo exponente del juego de los tiempos en el recuerdo y expresión del privilegio que éste concede al pasado.

Referencias bibliográficas
- ÁLVAREZ, Pablo (2011): La recuperación del patrimonio histórico-educativo. Museos de Pedagogía, Enseñanza y Educación y Posibilidades Didácticas. CABÁS: patrimonio histórico-educativo, nº 5, junio, pp. 1-20. En línea: http://revista.muesca.es/index.php/articulos5/197--la-recuperacion-del-patrimonio-historico-educativo-museos-de-pedagogia-ensenanza-educacion-y-posibilidades-didacticas
- CUESTA, Josefina (ed.) (2009): Memoria e historia. Madrid: Marcial Pons.
- ESCOLANO, Agustín (ed.) (2007): El patrimonio material de la escuela y la Historia de la Educación. Cuadernos de Historia de la Educación, nº 6, pp. 7-10.

Pablo Álvarez Domínguez. Universidad de Valencia


A destiempo

Manuel Santander, Antonio Montero y Ana Chacón
Manuel Santander, Luis Fernando González, Antonio Montero, Inspectores de Educación de Andalucía, con Juan González y Ana Chacón en el Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de la Escuela (Polanco, Cantabria), durante el Seminario sobre Patrimonio Histórico Escolar celebrado del 28 al 30 de mayo de 2008. La fotografía recoge el momento en que Manuel Santander dona al Centro un ejemplar, de 1931, correspondiente a la obra Pedagogía, de Rodolfo Llopis.

La muerte es siempre una cuestión de tiempo. De esta forma, tan taxativa como inexorable, aludía Saramago al definitivo colofón de los días que rescinde el contrato de la vida. Siempre temporal, aunque nos parezca indefinido; sin más cláusulas de revisión que el celebrado cumplir de los años. Pero, zas, en ocasiones la muerte irrumpe a destiempo y da al traste con el convenio de la vida que parecía estipulada para llenar los años. Ana ya no está porque la muerte la sorprendió a destiempo. Por eso, al cabo, cumplir los años es sobrevivir. ¿Cómo que Ana no está? Ahora más que nunca ella está presente en las reservadas estancias del recuerdo; a salvo, sí, a salvo de la que dicen segunda muerte del olvido. Incluso a quienes sólo tuvimos la oportunidad de conocerla y compartir con ella muy pocos días nos dejó la impronta de quien pareciera haber estado mucho tiempo al lado, alegrando cada jornada con el regocijo de su presencia y el obsequio de sus modos. Porque Ana es uno de esos parabienes de la vida que el destino -tal vez una forma más alta de ponerle nombre al azar, a la oportunidad o a la confabulación de las circunstancias- hace casi sin que nos demos cuenta de ello. La muerte es una cuestión de tiempo, afirmaba Saramago en su estoica manera de entenderla, pero la vida, sí, la vida, es una cuestión de días. De un día detrás de otro, de luces crepusculares cuando amanece y anochece, en la sesión continua de la vida con los argumentos de cada jornada. Por eso el carpe diem importa, más no en su atropellada manera de vivir al día sino en la intensa de vivir el día con la sabias disposiciones para saberse vivo y disfrutarlo, a pesar de los tropiezos y las encrucijadas que también procuran, así es, el negro regalo del infortunio. Ana fue sabia en sus modos de estrenar y apurar cada día, de hacerlos más completos para quienes disfrutaron de su presencia, de afirmarlos en sus espléndidas y cuidadas formas de ser, de aderezarlos de empatía en sus maneras de estar. Decimos que Ana fue, pero el pasado sólo procede para dar constancia de eso mismo, de cuando ella estaba a este lado de los días; porque, en el firme presente de las certezas, Ana está en los inmortales registros del recuerdo, en la imperecedera reserva de la memoria.

Manuel Santander Diaz y Antonio Montero Alcaide

 


Cómo citar este artículo

Formato Norma ISO 690-2

SAIZ, José Miguel; GONZALEZ, José Antonio; GONZALEZ, Juan; BLANCO, Mª Isabel; ALVAREZ, Pablo; SANTANDER, Manuel; MONTERO, Antonio, "Homenaje a Ana María Chacón". [en línea]. Cabás: Revista del Centro de Recursos, Interpretación y Estudios en materia educativa (CRIEME) de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria (España) [publicación seriada en línea]. N.º 6. Diciembre 2011. http://revista.muesca.es/homenaje-a-ana-maria-chacon. ISSN 1989-5909. [Consulta: Día Mes Año].