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La Higiene en los libros de texto de enseñanza secundaria en España 1868-1936 - Concepto de higiene

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Indice del artículo
La Higiene en los libros de texto de enseñanza secundaria en España 1868-1936
Aproximación al análisis de los textos
Autores, aspectos formales y didácticos de los textos
Concepto de higiene
Clasificación de la higiene
Contenidos en los libros de texto
Diferencias de género y connotaciones morales
Conclusiones
Notas y referencias bibliográficas
Cómo citar este artículo
Todas las páginas

Concepto de higiene

En las líneas iniciales de este trabajo, señalábamos que la mayoría de los autores coinciden en definir la Higiene como el arte o la ciencia de la salud, pero a esta afirmación añaden distintas matizaciones. En el siglo XIX, se observan claramente tres tendencias bien definidas, la primera estaba compuesta por una mayoría de autores que se decantan por afirmar que la Higiene es el arte de conservar la salud (Montells, 1869; Pereda, 1869; González Hidalgo, 1874), la segunda estaba compuesta por una minoría que afirmaban que la Higiene era la ciencia que enseñaba a conservar y a mejorar la salud (Sánchez y Casado, 1874), y, por último una tercera corriente que definía a la Higiene como la ciencia y arte que estudiaba las causas modificadoras de la salud, dando reglas o preceptos para conservarla y perfeccionarla (Rubio y Alberto, 1897).

En algunos de los libros estudiados se observa una clara influencia del movimiento científico e higienista. Autores como A. Valero Navarro o Salustio Alvarado, por ejemplo, recalcan la índole científica de la disciplina, lo cual la revestía con argumentos de autoridad en la transmisión del cumplimiento de sus preceptos. Así se observa, por ejemplo, en los textos de Salustio Alvarado, en las ediciones que hemos manejado de los años treinta. Este autor, tras referirse a los preceptos higiénicos como reglas insertas en el acervo de conocimientos populares, transmitidos a través de generaciones, señala que muchas veces dichas reglas y consejos higiénicos han sido elevados incluso a preceptos religiosos y practicados fielmente por los pueblos. Como conocimientos empíricos, argumenta este autor, los preceptos higiénicos populares carecen de fundamento. Muchos, producto de buenas observaciones, pueden estar acertados, pero otros, consecuencia de supersticiones o de creencias erróneas, pueden ser enteramente falsos y a veces perjudiciales para la salud. Y a ello añade[16]:

“En los tiempos actuales la higiene no es un arte, sino una ciencia que investiga el modo de conservar la salud, de perfeccionar el funcionamiento del cuerpo humano, de prevenir las enfermedades y de prolongar la vida del hombre. No se trata pues de un conjunto de reglas empíricas, sino de una serie metódica de conocimientos adquiridos mediante la investigación”.

Efectivamente, las afirmaciones anteriores son muestra significativa de la corriente higienista, a la que aludíamos anteriormente. En el sentir de sus representantes, los saberes empíricos debían ser sustituidos por las nuevas aportaciones científicas de la medicina y otras ciencias experimentales. Esta corriente incidió especialmente sobre las mujeres, a las que se trataba de inculcar que los conocimientos empíricos sobre el embarazo, el parto y la crianza, transmitidos de generación en generación, debían ser sustituidos por el saber científico de los nuevos tiempos. Obviamente dicho saber era masculino, situaba a las mujeres en su única identidad de madres y las consideraba como eternas menores de edad, ignorantes y sobre todo culpables de la acuciante mortalidad infantil, que aquejaba a la sociedad española de la época[17]. Este mismo autor, Alvarado, en el texto al que ahora nos estamos refiriendo, haciendo referencias a la mortalidad infantil, aporta datos escalofriantes sobre la misma, señalando que “en EEspaña muere, antes de cumplir un año, la quinta parte de los nacidos, lo que representa sesenta defunciones de niños de pecho por cada diez mil habitantes” [18] y señala como una de las causas de la mortalidad infantil la incultura general de la nación y también la pobreza y pésimas condiciones de vida de una gran parte de la población.

En otro orden de cosas, sobre el carácter científico de la higiene, Adela Riquelme adopta una posición conciliadora, al señalar que la higiene puede considerarse como ciencia porque investiga la verdad, basándose en hechos reales y precisos y como arte porque da reglas para poner en práctica los conocimientos adquiridos “y con su acertado empleo mantener las fuerzas orgánicas, evitando las dolencias que nos atacan”[19]. En otro de los textos utilizados, el de L. Gámbara, se alude a la Higiene como ciencia “siempre antigua y siempre nueva” y no sólo médica, sino también política, moral, social y filosófica. Y en unas afirmaciones, no exentas de lirismo y también optimistas en nuestra opinión, respecto a las alusiones de clase, la continua definiendo este autor de la siguiente manera[20]:

“…Una ciencia que es seguramente primera entre todas, si se mide su importancia por la multiplicidad de sus investigaciones y por la utilidad de sus servicios. Ella penetra bajo el humilde techo de las clases trabajadoras y en los suntuosos palacios de los ricos; ella visita las chozas del pobre, las oficinas las prisiones, los hospitales. Ella finalmente levanta la dignidad humana envilecida por la desigualdad de las condiciones sociales y propaga en todas las clases el criterio del derecho y de la justicia”.