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Recuerdos escolares... Años 50 en una escuela lebaniega

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Fermín García García. Maestro nacido el 6 de enero de 1948, en Baró, municipio de Camaleño, Liébana.

"El Ebro nace en Fontibre, provincia de Santandeeeeer; pasa por Logroño y Zaragoooooza y desemboca por Ampooooosta en la provincia de Tarragonaaaa. Sus principales afluentes son: el Jalón por la dereeeeecha, y el Segre, por la izquieeeerda". Aún resuenan en mis oídos la musiquilla, siempre igual, siempre la misma, con que intentábamos aprender las diferentes materias escolares. Era la misma musiquilla para todas las asignaturas. Lo mismo servía para Religión, que para Geografía; para Aritmética, que para la Formación Social y Familiar.

Mis primeros recuerdos escolares, esos retazos breves, atemporales...; más bien, imágenes aisladas, inconexas, envueltas en la neblina  de la lejanía, se remontan a 1951. Yo tenía 3 años, apenas levantaba un palmo del suelo. Siempre he sido bajito; mas, entonces, era diminuto. Don Domingo, mi primer maestro, era un señor muy alto, fornido -o así lo veía yo-, bonachón... Era de un pueblecito del valle de Polaciones, Santa Eulalia. Por eso conocía muy bien las necesidades y penurias de las familias humildes  de aquellos años de posguerra. Así, pues, aunque no tuviera obligación de admitirnos, nos acogía en la escuela a partir de los tres años, y aún antes. De esta manera, nuestros padres, podían irse  a las faenas del campo y de los ganados sin la preocupación de dejarnos solos en casa o tener que llevarnos con ellos. Por supuesto que no les cobraba nada. En primer lugar, porque no lo tenían; y en segundo, por su altruismo e innata bondad.

Don Domingo, como decía, era la bondad personificada. A pesar de su corpachón,  nunca infundía temor ni en los más pequeños. Oíamos a nuestros padres que no enseñaba mucho, pero era tan bueno...;  y, sobre todo, les oíamos: "...el que nos tenga en la escuela a los críos tan pequeños, no tiene precio...". De esta manera, a mis tres años, sobre todo en  invierno, pude convivir con chavales de hasta 20 años. Ya que en invierno, cuando las labores del campo menguaban tanto, venían a la escuela de mi pueblo, muchachos de otros pueblos: de Brez, de Lon, de Pembes, de Los Llanos...

En estos pueblos no tenían la suerte que teníamos en la escuela de Baró, que había escuela de niños y escuela de niñas. En la mayoría de los pueblos lebaniegos las escuelas eran unitarias, niños y niñas. En ellas, lo normal era que la maestra sólo permaneciera un curso. Muchas veces sucedía que si caía una gran nevada por las Navidades, cosa frecuente en aquellos años,  podía tardar en volver de las vacaciones mes y medio. Por tanto, cuando los muchachos, alrededor de la veintena, tenían intención de emigrar de los pueblos para buscar un mejor porvenir, ya fuera a ultramar, ya fuera a Torrelavega, vascongadas (que así decíamos entonces), o, simplemente, que se acercaba  el servicio militar; bajaban a Baró unos meses para refrescar un poco sus escasos conocimientos escolares. Don Domingo, apenas les cobraba unas pesetas.

De esta manera, como digo, a mis tres años, en los meses invernales, conviví en la escuela con otros muchachos hasta de 20 o 21 años. Llegábamos a ser hasta unos 40. No olvidemos que en aquellos años, la natalidad era alta, y el éxodo rural aún tardaría una década en llegar. ¿Cómo nos organizaba? Nos distribuía  por grupos. Iba dedicando un rato a cada grupo. Más tiempo a los mayores. Muchos ratos, los más pequeños éramos encomendados a alguno de los mayores que iba mejor escolarmente y tenía más paciencia y ciertas dotes, digamos, pedagógicas. Los conocimientos eran elementales: lectura, escritura, las cuatro reglas y  poco más. Pero, eso sí,  lo poco que aprendíamos era a conciencia. En cuanto a la lectura, nunca olvidaré cómo estábamos todos alrededor de su mesa leyendo, una y otra vez el libro "Corazón" de Edmundo de Amicis. Había más de una docena de ejemplares, viejos, desgastados, que ya habían utilizado nuestros padres, incluso nuestros abuelos. El argumento era el supuesto diario de un niño durante el  periodo escolar  de todo un curso. Nos entusiasmaban los relatos del "cuento mensual" que aparecía en cada mes.

Más de cincuenta años más tarde, aún recuerdo el título de algunos de aquellos cuentos: "El pequeño vigía lombardo", "De los Apeninos a los Andes",  "Sangre romañona"...

Yo siempre he dicho que no he leído muy bien, aunque haya leído en mi vida tantos centenares de libros. Siempre he pensado que nunca he leído con la fluidez que debía; creo que la causa está en que  a los tres años me obligaron a leer. Como era tan pequeñito, don Domingo me ponía de pies sobre una de sus abarcas -siempre venía a la escuela en zapatillas y en abarcas, unas abarcas grandes, con unos altos tarugos de encina-; me ponía, como digo, sobre una de sus abarcas, albarcas decimos en Liébana, para que llegara a la mesa y pudiera leer. Así, con su enorme paciencia, me enseñó a leer a los tres años. Hoy, cualquier pedagogo, lo consideraría  una barbaridad; mas, los tiempos, son los tiempos; y es absurdo juzgar los métodos de aquella España con la perspectiva de hoy. Nunca nos pegaba; salvo, en escasas ocasiones, a alguno de los mayores, los que ya tenían 10, 12, 13 años, que le hartaban, les daba con el puntero unos golpecitos en la palma de la mano; y si se ponían muy muy pesados, de rodillas cara a la pared.

Yo tuve más suerte que mi hermano mayor, me saca tres años. A él te tocó comenzar con don Reinaldo Bedoya, padre de un conocido político cántabro de la transición y de los años del "reinado" de Hormaechea. Éste sí que les daba "leña" y les hacía dar vueltas alrededor de los bancos, al inicio de la mañana, brazo en alto, cantando el "Cara al sol". Y no digamos cuando los ponía de rodillas, cara a la pared, con los brazos en cruz, las palmas hacia arriba con un pesado libro en cada mano. Yo me salvé de todo esto.

De aquellos primeros años, lo que más recuerdo, son los recreos. Los juegos eran cíclicos. En septiembre comenzábamos por la "chona", era una especie de golf rural, pero en el  que podíamos participar unos cuantos críos. Digo críos porque la palabra niño en mi pueblo no se utilizaba; sólo  usábamos crío, bueno críu, y chaval. Después se pasaba al "calvu". El "calderón mecheru". El "moscardó". Y un largo etc. Pero el juego favorito era jugar a "los del monte". Los del monte eran los emboscados. Mi ingreso en la escuela coincidió con la unión de Bedoya al mítico Juanín. Liébana estaba plagada de guardias civiles. En Camaleño, uno de los barrios de Baró, había un cuartelillo. En las viviendas de la escuela, tanto en la de la maestra como la del maestro, que estaban vacías desde hacía años y muy deterioradas, vivian dos familias de guardias. En voz baja, oímos en nuestras casas hablar de los del "monte". Por ello era nuestro juego preferido. El portal de la escuela era el cuartel. Nos dividíamos en guardias y emboscados. Nadie quería ser guardia. Por eso nos lo sorteábamos. Cuando los guardias pillaban a uno de los del "monte", lo llevaba al cuartel, el portal de la escuela, que estaba custodiados por dos "guardias".

Lo que también ha quedado incrustado indeleble en mi memoria es el frío de aquellos inviernos. La escuela no tenía calefacción de ningún tipo. Cuando nevaba o caían aquellas heladas tan crudas, pasábamos un frío tremendo. Los sabañones estaban a la orden del día. Muchas veces, por la mañana, no podíamos escribir porque nos temblaban las manos por el frío. Nos ponía el maestro alrededor de los bancos a correr para entrar un poco en calor.

Todos los sábados aparecía, a media mañana, don Ambrosio. Don Ambrosio era el cura. Había llegado al pueblo, el año 35. Luego se fue a la guerra, de alférez provisional, y regresó en el 39; permaneció en el pueblo hasta que se jubiló al inicio del 90. No le iba a la zaga en bondad y  paciencia a don Domingo. El cura, pues, nos preguntaba el catecismo. Si la burrada que le soltábamos era demasiado bestial, nos daba un suave  cotorrón en la cabeza. Ante alguna burrada teológica, notábamos que le costaba contener una sonrisa.

Y ¿cómo no íbamos a decir burradas? ¿qué crío de 8, 10... años podía entender aquello de, cito: "¿Cómo se realizó la Encarnación del Hijo de Dios? Respuesta: -La Encarnación del Hijo de Dios se realizó formando el Espíritu Santo de las purísimas entrañas  de la Virgen María un cuerpo perfectísimo y creando un alma nobilísima que unió a aquel cuerpo; en el  mismo instante a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios; y de esta suerte, el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo quedó hecho hombre". (En el primer párrafo, sin comas, casi perdías el resuello) Y, por supuesto, no entendíamos absolutamente nada. Pero, lo más incomprensible era aquello de la Santísima Trinidad, cuando te preguntaban cuántos dioses había y cuántas personas había en Dios. Lo más frecuente era que contestáramos a don Ambrosio que había tres Dioses: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Aún recuerdo la carcajada que soltamos cuando preguntó a Chuspi -se había quedado huerfano de madre a los 5 años- que cuántas personas había en Dios. Al no contestar, no lo sabía; don Ambrosio le inició la respuesta: -Padre.... Chuspi cogió carrerilla y se lanzó triunfante: -padre, abuelo y abuela; pues vivía con su padre y los abuelos. La algarabía estaba servida.

Con respecto al cura, es de justicia dejar constancia que varias generaciones aprendimos a andar en bicicleta en la suya; una bicicleta, de las llamadas entonces de mujer, sin barra; hipervieja, semirrota; que, le cogíamos cuando iba a decir misa, andando, a los otros pueblos. Allí en su prado, donde tenía la vaca, aprendíamos los críos a fuerza de caídas y trompazos en la campera del prado. Hoy, estoy seguro, que la dejaba a mano a posta y que era consciente de que se la  cogíamos y que aún se la estropeábamos  más de lo que estaba.

Las peleas eran el pan de cada día. Pero peleas "legales",  con lealtad. Nunca usábamos palos, piedras... Para medir nuestras fuerzas, nos poníamos frente a frente, con los brazos extendidos en forma de aspa, formando una especie de X; cuando el "árbitro" daba la señal de comienzo, nos cruzábamos los brazos, uno por encima del hombro y el otro por debajo del sobaco del contrario, trabándolos por la espalda; así comenzaba la pelea para ver quien vencía. Aún me encuentro por Santander con un antiguo compañero de escuela, conductor de los autobuses municipales, que cada vez que me ve, me reclama una camisa que dice le rompí en una de estas peleas; yo le digo que ya ha prescrito, después de 50 años, y que, además, cómo estaría la camisa después  de haberla heredado de sus dos hermanos mayores. Esa era una de nuestras pocas frustraciones, que los hermanos pequeños nunca estrenábamos ninguna prenda, siempre íbamos heredando de los mayores.  Cuando había varios hermanos por delante y llegaba un pantalón o una camisa con cientos de lavados, los cuellos dados vuelta unas cuantas veces y ya no se sabía de qué color había sido...

Salvo el rato de la media hora del recreo de la mañana, de once y media a doce. Y unos minutos después de las cinco de la tarde cuando terminaba "la escuela", nunca  decíamos "las clases" o la "clase"; a los críos nunca nos dejaban tiempo para jugar: salvo cuando coincidíamos con los ganados -con las vacas, con las ovejas, con los chones -que también sacábamos a pastar en las camperas comunales-, con las cabras- Esos minutos, a las cinco, en que nos dábamos las "quedas". Era una competición entre los diversos barrios para ver qué barrio quedaba campeón. Consistía en acorralar a los de los otros barrios hacia el suyo. A veces, terminaba en verdaderas "guerras" cruentas.

A la salida de la escuela, por la tarde, si nos topábamos con alguna persona mayor, teníamos que cruzar los brazos sobre el pecho y decirles, muy respetuosos y  parados, la frase, "Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar"; a lo que el adulto o adulta constestaba: "Para siempre bendito y alabado". Por supuesto, si cualquier persona mayor nos pillaba haciendo alguna "picia", nos reprendía o nos daba una "guantada" y nadie decía nada, y menos a los padres o abuelos, por si acaso recibía el "IVA". Cualquier adulto tenía la potestad de reprender oral o "manualmente" (léase un buen "tortazo"). El maltrato infantil no existía, ni se vislumbraba en el  horizonte.

En los horarios no escolares, lo habitual,  desde los 4 o 5 años, era trabajar en el campo, bien fuera cuidado los ganados; o, bien, en aquellas faenas que podíamos hacer: ir delante de la pareja cuando se araba, para que no se salieran del surco; limpiar las camas de las vacas -quitar las boñigas-; machacar los terrones con el mazo para la siembra... A medida que íbamos creciendo, la dureza del trabajo iba en consonancia. No existía "la explotación infantil". En primavera y otoño, muchas veces, a nuestros padres no les quedaba otro remedio que disponer de nosotros y  privarnos de la escuela; sobre todo, de los mayores. Los más pequeños de la familia tenían más suerte. Mi padre hacía malabares para que no perdiéramos  días de clase; pero, muchas veces, no le quedaba otro remedio. Siempre se lo comentaba previamente al maestro; y, éste, se condolía con él; mas, lo comprendía.

Iban pasando los años. Y, más o menos, coincidiendo con la muerte de Juanín, yo tenía unos 9 años, don Domingo bajó a las escuelas de Potes. En Potes estaban de maestros don César y don Roberto con los niños, repartidos en dos grupos, no olvidemos que Potes es la capital de Liébana y es el único pueblo (villa) grande. Al ir creciendo la villa, hicieron un tercer grupo del que se encargaría don Domingo. Sentimos de veras su marcha.

Nos llegó don Braulio. Don Braulio estaba casado en un  pueblecito de Cillorigo, en Pendes. Bajaba todos los días, andando, de Pendes a Castro. Allí cogía una vieja bicicleta y subía a Baró, unos 9 o 10 kilómetros. Jamás faltaba a clase, ya lloviese, nevase... Comía en la cantina de Villagloria; bueno, mal comía; y a las cinco, otra vez a lomos de la bicicleta, volvìa a Castro y subìa andado a su pueblo. Era muy delgado, enjuto, la cara chupada, con unas gruesas gafas. Pocas veces se vislumbraba en su cara una sonrisa. Pero jamás he conocido una persona más trabajadora y rigurosa. Andando los años he intuido, por una serie de datos que he ido descubriendo, que procedía de la Institución Libre de Enseñanza y que tras la guerra "incivil" fue transterrado de la Rioja o Navarra, era de esa zona, a una aldea recóndita de Liébana, donde se casó y permaneció unos cuantos años. Hace unos 20 años lo reconocí un lunes en Potes y lo saludé. Habían pasado más de 30 años; y cuando le di pistas, aún se recordaba de mi  padre y de los tres hermanos que fuimos a sus clases.

Al igual que a don Domingo, nunca olvidaré a don Braulio: tan trabajador, tan exigente consigo mismo y con los chavales, tan riguroso. No soportaba el que no trabajáramos duro; pero, a la vez, qué comprensivo era con mi padre cuando le decía que al día siguiente no podría ir a la escuela porque tenía que ayudarle en tal o cual faena. Cuando se hartaba, nos daba unos buenos cachetes; mas, nunca se lo decíamos a nuestros padres, entre otras cosas, porque ellos nos remataban. Las tortas que nos dio, a Fidel y a mí, cuando el chivato de Man nos acusó de estar jugando a los ceros. Aunque a la salida por la tarde, cogimos a Man, lo  llevamos debajo del puente sobre el Deva, donde ajustábamos las cuentas -con el ruido del agua no se oía nada, ni nadie nos podía ver-, y debieron ser buenos los "argumentos" que empleamos porque nunca más se volvió a chivar; ni cuando volvíamos a jugar a los ceros y  lo retábamos con nuestra mirada a que se chivase.

Otro recuerdo que ha quedado fijo en mi memoria, sobre manera en mi memoria olfativa, es el olor a lejía que desprendía la escuela cuando hacíamos zafarrancho. Generalmente sucedía un sábado al final de cada trimestre. Llevábamos trapos y lejía y restregábamos las mesas hasta dejarlas casi blancas y quedarnos sin uñas. Las mesas eran tablones de chopo, todo corrido, con un banco para sentarnos. Las mesas tenían unos huecos para meter los tinteros. La tinta la hacíamos nosotros, comprábamos en Potes unas pastillas y hacíamos la tinta. A veces, los tinteros se entornaban o caían y dejaban las mesas, los cuadernos, la enciclopedia, perdidos. Algunas mesas de mi pueblo las reconocí, hace algunos años, en la exposición que montó Piti Cantalapiedra en Santillana sobre los doscientos años de la escuela en Cantabria. Ahora están en Polanco, en el Centro de Recursos. Me hace mucha ilusión, cuando voy por Polanco, volver a sentarme en ellos.

Los pizarrines también los hacíamos nosotros. Íbamos a Brañes o la la Cruz de las Libreras en el monte de Bora, cogíamos la materia prima y confeccionábamos, con la navaja, los pizarros.

Nunca he olvidado a estos dos entrañables maestros. Cada cual en  su estilo.Pero, ambos, así los he recordado siempre, excepcionales.  Don Domingo siempre decía a mi padre, cuando éste le inquiría: "¿Qué tal va el chaval?". A lo que siempre contestaba: "Es muy burru, nunca sacaremos nada de él". Y no le faltaba razón. Me costaba todo lo académico. Mas, con tesón, trabajo y constancia, saqué mi licenciatura y he estado dedicado a la enseñanza,  en secundaria,  más de 35 años.

Mi homenaje más cariñoso a estos dos ejemplares maestros.

Cuando se fue don Braulio, nos vino el gallego, creo que se llamaba don Jesús, hasta del nombre me he olvidado. Éste no nos marcó nada. Bastante vago. No nos interesaba por nada. Nuestro escándalo, en aquellos tiempos, verle limpiar la vespa con la bandera española de la escuela, era algo incomprensible y horroroso para nuestras mentes infantiles. Aquellos sobrios calendarios de la Editorial Escuela Española, los cambió por un calendario de una joven agraciada y no con demasiada ropa. Cuando venía don Ambrosio, el cura, ponía encima del calendario la hoja de un mes ya vencido para taparla. Un tiempo después de llegar al pueblo, se fue de pensión  a la casa  de una viuda de un guardia civil, con la que "confeccionaron" dos mellizos. Si no era muy querido en el  pueblo, con su futura paternidad, acabó de descender a lo más bajo su reputación. Cuando la viuda se vio que iba engordando, pidió traslado y se fue. Ni en lo académico ni en lo personal dejó huella. De ahí que el vecindario se refiriera a él, un tanto despectivamente, con el término de "el gallegu".

Poco antes de irse "el gallegu", yo bajé a Potes, a la preceptoría de don Evencio. La preceptoría era una sucursal del seminario de Corbán, donde se hacía primero de latín.  Había otra en los Carabaos donde acudían los chavales de Valderredibre, Valdeprado del Río, Valdeolea... La preceptoría y el seminario, también algunos conventos, eran una de las salidas para muchos chavales de las familias humildes. Los hijos de las familias pudientes de las zonas rurales, iban internos al colegio de los escolapios de Villacarriedo. Mas, esto es otro capítulo.

La escuela de un pueblo, como tantos cientos, de la Cantabria rural de los años 50 que yo viví, siempre la recordaré con cariño y gratitud. Cuando, andado los años, he releído la Enciclopedia. INTUITIVA. SINTÉTICA. PRÁCTICA  de Álvarez,  o el catecismo del padre Astete, no he podido menos que intentar verlo y contextualizar en un tiempo en el que siempre que oía hablar a los mayores de cualquier cosa de un tiempo pasado, más o menos reciente, siempre decían:; "esto fue cuando la guerra", "esto fue antes de la guerra", "esto fue durante la guerra"... La guerra, seguía siendo en los años 50, el acontecimiento que toda la gente adulta tenía tristemente presente.

En la década de los 60 Liébana pasó de la Edad Media al presente. Comenzó a marchar la gente. Se fueron despoblando los pueblos. Hizo acto de presencia el fútbol en los juegos escolares. Hasta entonces era desconocido en Liébana. La reapertura de Santo Toribio, tras su rehabilitación; la construcción del Teleférico de Fuentedé; la llegada de algún  televisor...: hizo que en una década cambiara toda una forma de vida y costumbres y, poco a poco, o más bien, muy deprisa, el cambio fuera total. Por supuesto, también la escuela. Cada vez había menos niños. A comienzos de los 70 la ley de Villar Palasí y los nuevos planes con la EGB y las concentraciones escolares, iban cerrando, una tras otra, las decenas de escuelas de Liébana. La de Baró cerró hacia el 73 ó 74. Hoy, afortunadamente, la han rehabilitado, y figura como albergue, aunque no se use. Sirvió de ayuntamiento mientras se rehabilitada la casa consistorial de Camaleño hace escasos años. Ha tenido más suerte que otras, que hoy son verdaderas ruinas.

Si alguien me pregunta cómo recuerdo mis años infantiles y mis primeros años escolares; no dudo en decir que los recuerdo con cariño, gratitud, felices. En medio de tantas privaciones y necesidades; de tanto trabajo físico desde los 5 ó 6 años; pero, felices. O tal vez será lo que llamaba Freud el "olvido activo". Se olvida todo lo desagradable, lastimoso, negativo...

Han pasado más de 50 años. Recordando aquellos versos de Gabriel y Galán en el poema "La pedrada", que memorizábamos completo, como otros tantos poemas, me pregunto:

                "... ¿Somos los hombres de hoy 

                     aquellos niños de ayer? ..."

Cómo citar este artículo 

Formato Norma ISO 690-2

García García, Fermín, “Recuerdos escolares… Años 50 en una escuela lebaniega” [en línea]. Cabás: Revista del Centro de Recursos, Interpretación y Estudios en materia educativa (CRIEME) de la Consejería de Educación del Gobierno de Cantabria (España) [publicación seriada en línea]. N.º 2. Diciembre 2009. <http://revista.muesca.es/index.php/relato-escolar2> ISSN 1989-5909 [Consulta: Día Mes Año].