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La escuela... ¿Qué escuela?...

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La escuela donde yo aprendí, la hemos idealizado, olvidando qué clase de educación recibimos los niños y adolescentes de la época, "por la gracia de Dios". El exitoso libro de El florido pensil y la no menos exitosa película que le sucedió, así como otros largometrajes El último guateque o El año que amamos a Kim Novak, nos mostraron una pedagogía del castigo físico y de los sermones atemorizadores del cura del pueblo, aderezados con los cantos entusiasmados del Cara al Sol

En medio de tinteros de Pelikán, tizas, pizarrines, secantes  ilustrados con enanitos rojos, y lápices Alpino, esa generación recibió una educación religioso-moral-patriótica muy rigurosa, tras una cruenta guerra civil, como se desprende de los textos catequísticos que inundaron las escuelas del país.

Ese bombardeo de ideas y preceptos, bañados por una obligación religiosa estricta, formaron las primeras generaciones de nuestra posguerra, entre los años 1940-1960, que buscaban su válvula de escape en los famosos personajes de tebeo: Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno o El Jabato.

Se afianzó en los niños y niñas el  modo de ser falangista, la sumisión, el respeto, la obediencia pasiva a toda clase de autoridad, más acorde con las necesidades del régimen y con la tradición, aunque presididas por el discurso eclesiástico.  Las ya de por sí escasas horas dedicadas a la formación política y cívica, de obligado cumplimiento en escuelas e institutos, no gozaron de un programa definido. Fue sin embargo la omnipotente iglesia la que modeló el sistema educativo y sus símbolos desde la Primaria hasta la Universidad.

La religiosidad impregnó hasta el más pequeño gesto de la sociedad española de los cuarenta y en especial en la escuela, si bien hoy los aspectos rituales, más visibles, han caído en el olvido y la mayoría andan por la vida perdidos de la gracia de Dios, y quizá ni siquiera recuerdan los cánticos de los primeros domingos de mes, el mes de mayo, el dibujo del Evangelio en las tardes del sábado, la comunión por la mañana, los rosarios sabatinos y las innumerables procesiones y misas.

Pero los que vivimos y "padecimos" aquella escuela con sus sombras y sus luces, siempre presididos por la inmaculada, el Caudillo y José Antonio, no olvidamos el rigor de aquella imperiosa educación. Aún suenan en nuestros oídos los clásicos silabarios y los principios de los catones, uniendo las letras del abecedario. ¿Cómo relegar al olvido  El Catón de los niños, editado por el famoso Saturnino Calleja?  Fue uno de esos manuales que nos sirvió para aprender a leer, bajo el lema de "instruir deleitando", utilizando un ameno y vistoso sistema iconográfico que facilitaba a los pequeños el aprendizaje de la lectura.

Recuerdo también el Primer Libro, de Joaquín Pla Gargol, editado allá por 1950, por Dalmáu Carles. Se usó como manual de introducción al arte de leer de muchos mayores, con clásicas construcciones silábicas como: Amo a mi mamá-Mimo a mi mamá y Mi mamá me ama. Evidentemente nos desarrolló la atención, la observación y nos regaló las primeras nociones de cálculo.

Unos años después, por los 60, llegarían a las aulas los míticos cuadernos Rayas, de Ángel Rodríguez Álvarez, y los cuadernos Rubio, que aún siguen enseñando a escribir a muchos niños en el siglo XXI, y a nosotros nos mejoró la caligrafía. Iban desde el clásico silabario a cartillas más avanzadas, con series de palabras que nos ofrecían dificultad.

Pero sin duda, uno de los manuales de mayor éxito en la enseñanza de la posguerra-para mí olvidable-, y en el que se formaron millares de niños y niñas en toda España fue la Enciclopedia Álvarez. Aún lo conservo algo ajado, pero como un tesoro. Escrita por un maestro zamorano, Antonio Álvarez, fue libro de texto en la etapa de enseñanza en la década de los cincuenta. Sus más de cien ediciones avalan ese enorme éxito docente que tuvo en su tiempo. Las materias que condensaba iban dese la Historia Sagrada a las Ciencias de la Naturaleza, pasando por los Evangelios, Lengua Española, Aritmética, Geometría, Geografía e Historia de España. Además incluía partes dedicadas a formación político-social-para niños-, lecciones conmemorativas, formación familiar y social, formación política para niñas y conmemoraciones escolares.

Escuché al autor, Antonio Álvarez, no hace mucho tiempo en la prensa, "que no volvería a escribir la historia de España para los censores", pero insistía en lo acertado de su método frente a los libros densos y caros de la enseñanza actual, en un tiempo en el que el nivel educativo está empeorando a pasos agigantados.

El Parvulito fue otro de los manuales escolares de nuestra época, que sufrió no pocos problemas con la censura del régimen franquista. Su objetivo, como indicaba el autor en el prólogo, era servir de enlace entre la cartilla o método de lectura y la enciclopedia propiamente dicha para aquellos niños que llegaron a la lectura de forma vacilante y evitar el brusco paso que había entre una y otra, y lo hacía con sencillas ilustraciones y escrito con cuidada caligrafía.

De la editorial Dalmáu Carles, Pla salió también, en los años 50, el libro de lectura escolar de caracteres manuscritos Europa. Creo que muchos aprendimos a leer en él. Recogía un extenso viaje por Europa en el que además de ayudar al alumno a distinguir distintos tipos de escrituras, lo ilustraba sobre los diferentes países del viejo continente.

De Dalmáu fue también El Primer manuscrito, otro clásico manual de lectura de los años 60. Al igual que las ediciones escolares abreviadas de El Quijote, como la de Luis Vives o la de Hijos de Santiago Rodríguez, un texto clásico que hoy ya no leen los escolares, -ni ninguno-, para desgracia de este país y de sus mentes y educación.

Y recordando estos textos aún me viene el acre olor a aquella tinta hecho con polvos de anilina y agua, el olor de las virutas de los lápices y el acre tufo de aquellas escuelas de pupitres desvencijados, donde el respeto, la sumisión, y muchas veces la miseria y el brazo en alto, convivían con el esfuerzo,  y el ansia de saber para progresar en una sociedad injusta.

Cualquier tiempo pasado casi nunca es mejor, pero sí incita a la nostalgia más querida.

Pero eso fue ayer, hoy más que nunca nos sentimos orgullosos de comprobar el trabajo bien hecho, la tarea bien acabada... una vez más hablamos de la enseñanza publica.

Lo publico, la enseñanza publica, la sanidad pública, la radio o la televisión publica, hoy es sinónimo de calidad, y  nos sentimos orgullosos de lo publico, la educación pública, la de todos/as, la de calidad, desde el compromiso y la equidad. Una educación con vocación de servicio, comprensiva, inclusiva, desde la normalización, para dar más al que menos tiene, que permite colocar en la misma situación de partida a ciudadanos/as diferentes.

Hoy  la escuela debe trabajar en un currículum enfocado, desde unos objetivos adecuados, tanto a las necesidades como a los intereses y a las posibilidades  del alumnado, con unos contenidos que se acerquen a  esos intereses y  a través de unas  metodologías integradoras, abiertas y coherentes. Mejorar el nivel que alcanzan los alumnos en las competencias básicas, se ha convertido en un objetivo de calidad importante en nuestro sistema educativo.

El rendimiento del alumnado y su traducción en el dominio de determinadas competencias es objeto preferente de los estudios de evaluación de los sistemas educativos, tanto nacionales como internacionales.

En los últimos años los centros se van vaciando de voluntad pedagógica, y por eso, hoy más que nunca, el centro escolar debe convertirse en un ámbito de socialización de importancia vital, un marco adecuado de convivencia, de eficacia y de calidad.

Da la impresión que ya no es solo la familia la que parece haber desertado de su función educadora: es la sociedad en su conjunto quien desiste del empeño.

Es necesario entonces del rearme educativo, para que en nuestros centros,  no se tenga la sensación de que no se posee relevancia social. Es preciso perentoriamente que el profesorado vuelva a tener la relevancia de antaño, vacuna principal contra el desaliento y la desmotivación.

Y a vosotros padres y madres, a vosotros, para quienes vuestros hijos es lo más importante, lo más grande que os ha podido pasar, hoy más que nunca quiero pediros que en esta difícil tarea de educar, que   parece más compleja que nunca, estéis junto a estos maestros y maestras, porque puedo asegurar que tienen el mismo objetivo:  quieren lo mejor para ellos.

Y a vosotros abuelos y abuelas, a los que los cambios sociales  os hace ser muchas veces tutores de vuestros nietos, esos que me han dicho que van corriendo a protegerse en vosotros cuando algo les da miedo, esos que os miran con los ojos humedecidos cuando les contáis alguna historia, esos que todavía os escuchan sin apenas pestañear, esos que al salir del colegio os llevan las notas para rendir cuenta de su trabajo bien hecho. A esos yo os pido que les habléis de lo mucho que les quiere su maestra o su maestro.

Deseo testimoniar públicamente mi admiración hacia los profesionales , los que nos precedieron y los de ahora, agradecer  el esfuerzo y la dedicación prestada, el mimo y rigor en su trabajo, silencioso y callado, sin aspavientos, pero riguroso, con evidencias de logro, con responsabilidad; agradecer a estos equipos educativos y a los anteriores, que generan día a día ilusión y esfuerzo para dar una respuesta educativa de calidad, con escasos y limitados recursos.

Ante el desánimo, recordad que hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece .Y que en la oscuridad es mejor encender una cerilla que blasfemar...Porque un largo camino se inicia con un primer paso.

... La respuesta está en vosotros.

Pensad que tenéis un bonito oficio,  el de ser maestras y maestros, profesión generadora de sueños y no de sueldos.

Seguid trabajando por el colegio para conseguir de cada uno de vuestros alumnos y alumnas aquello que  diría Pedro Salinas : yo quiero sacar lo mejor de ti.

Porque educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de el alguien que no existía . John Ruskin.

Y para terminar yo os pido que...

Miremos hacia atrás sólo por un momento para, inmediatamente después, ponernos a la tarea de seguir construyendo futuro que, como dice Woody Allen, es el sitio dónde vamos a pasar el resto de nuestros días.