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Reseñas bibliográficas

Juan González Ruiz; "Viaje apasionado por las escuelas de Cantabria"

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Juan González Ruiz, Viaje apasionado por las escuelas de Cantabria. Santander, Ediciones de Librería Estudio, 2010, 301 pp.

Escuelas de Cantabria

 En 1926, aparecen recogidos en forma de libro en la editorial Magisterio Español bajo el título Viaje por las Escuelas de España los artículos que había publicado anteriormente el periodista Luis Bello sobre escuelas de una serie de regiones españolas en el diario madrileño El Sol.

En el Prólogo de esta publicación, Luis Bello dice que pretende ser notario de una situación que espera "que acabe de una vez" (p. 8), tal era la mala situación en la que se encontraban nuestras escuelas entonces.

Con estos artículos quiere, sigue diciendo, despertar "un movimiento de opinión" que provoque un cambio de la "sombría" situación; cambio que espera ver aún personalmente: "Mi afán consiste, precisamente, en vivir todavía cuando parezca arcaico e inverosímil este retrato de una época pintoresca, demasiado rica en color." (Ibíd.)

Afortunadamente, Luis Bello pudo ver el inicio del cambio por el que "lucharé con todas mis fuerzas, donde sea preciso, por el Niño, por la Escuela y por el Maestro" (Ibíd.), ya que participó como diputado de Acción Republicana en el esfuerzo que se realizó desde 1931 hasta la Guerra Civil en la construcción de edificios escolares.

Juan González Ruiz, en Viaje apasionado por las escuelas de Cantabria, contrariamente de alguna forma a lo que espera Luis Bello, lo que quiere es vivir todavía cuando se haya tomado conciencia de que el patrimonio arquitectónico educativo debe protegerse para evitar su desaparición, cuando la construcción de nuevos edificios escolares (como "la irreflexiva devoción por todo lo novedoso y un indiscriminado rechazo a lo tradicional" en la década de los setenta, p. 32) no provoque el automático descuido hacia los que en otros tiempos sirvieron de lugar para el aprendizaje de muchos niños y niñas.

Si el periodista salmantino abogaba por "la cal y el canto" para nuevas construcciones escolares, para escuelas entendidas como "lugar agradable, templado, limpio, con aire y luz" (Ibíd., p. 12), que relegaran al olvido "los establos" donde maestro y discípulos en tantos pueblos pasaban la jornada escolar, González Ruiz lo que quiere es no olvidar. Aunque en muchas ocasiones el recuerdo va a tener que ser solo de imágenes plasmadas en fotografías, porque la piqueta, los rigores meteorológicos o rehabilitaciones "futuristas" acabaron con el edificio escolar real.

No pretende Viaje apasionado por las escuelas de Cantabria, de ninguna manera, valorar como positiva una enseñanza del pasado que, no solo en sus recursos materiales, sino en otros muchos aspectos, no resiste la comparación con la actual: "No quisiera que este libro se tomara por un alegato de añoranza, por un manifiesto nostálgico cuyo corolario fuera el de que cualquier tiempo pasado fue mejor" (p. 21), sino que "para preparar un futuro fiable en cualquier ámbito de la vida social ha de conocerse muy profunda y despasionadamente su propia historia." (p. 33)

Lo que quiere Juan González Ruiz es romper el proceso de insensibilidad ante los vestigios materiales del pasado educativo que durante décadas ha estado instalado en España, resaltando la importancia que en ese pasado han tenido los edificios escolares.

Pero ser sensibles a nuestro pasado educativo no debe significar convertir, tras un proceso de banalización, las palabras o imágenes que, dentro de ese ámbito, sirvieron para socializar a los miembros de generaciones pasadas, en mercancía dispuesta a ser consumida; como tan acostumbrados estamos en los últimos tiempos en películas, series televisivas o libros de gran tirada.

Lo que Viaje apasionado por las escuelas de Cantabria pretende tiene objetivos más profundos.

En el Prólogo (pp. 11-14) a este libro, Agustín Escolano, pionero en España, como Juan González Ruiz, de la puesta en valor del patrimonio histórico-educativo, señala la importancia de los "objetos-huella" que se adscriben a cada generación y que forman las tramas de su memoria colectiva. "En sus contenidos y en sus lenguajes, la memoria forma parte ontológicamente de nuestra misma subjetividad y también de la cultura en la que estamos instalados... La memoria de la escuela es, a estos efectos, un componente esencial de nuestro patrimonio personal y público porque está presente en el hábitus de nuestra subjetividad, en las reglas retóricas de las formas de comunicación de que nos servimos para entendernos con los demás y en muchas de las prácticas culturales que pertenecen al mundo de la vida en que nos movemos." (p. 11)

Pero, mientras el "ajuar ergológico" o de trabajo de las escuelas era prácticamente similar, en cada momento histórico, en todos los lugares de España, los edificios, no, en sí mismos y por sus diversos contextos ("únicas, irrepetibles y exclusivas de cada pueblo", p. 17). Y eso exige viaje, conocerlos todos y cada uno; no dejar, como en su día hizo Juan González Ruiz a lo largo de la geografía de Cantabria, ningún rincón sin visitar, a la búsqueda de "templos pedagógicos con epigrafías en sus muros..."; búsqueda que Agustín Escolano pide a Juan González Ruiz que continúe por lugares de España con otros "rumores y silencios de musicalidad diferente aunque efecto común, olores y sudores de diversos climas pero en similar corporeidad, texturas con rica gama de colores y materiales bien armonizados para albergar la vida que circula entre muros de parecida hechura..." (p. 14), ampliando en futuras publicaciones lo que ahora ha visto la luz en Viaje apasionado por las escuelas de Cantabria.

El viaje que nos plantea Juan González Ruiz, seguramente que influido por la herencia de su padre, ferroviario de épocas alejadas de la alta velocidad, va a ser un viaje en el que "sobran las prisas..., (que) se mide no en términos de espacio y tiempo, de velocidad, sino por la satisfacción personal de lo visto, de lo oído, de lo sentido, de lo aprendido." (p. 17)

En época también de "googleearths" y "googlemaps", surge el contraste con la búsqueda pausada de qué edificio, ahora ya en desuso, fue escuela en un lugar. No es fácil saberlo en muchas ocasiones, por lo que para Juan González es un reto "descubrir en los pueblos y aldeas esas pequeñas construcciones dedicadas a la enseñanza..." (Ibíd.)

Fácil es encontrar el uso escolar en edificios de gran porte, como las escuelas graduadas, los de órdenes religiosas y, por supuesto, los institutos provinciales o los establecimientos de enseñanza superior. Pero las pequeñas escuelas se suelen confundir con el resto del caserío, salvo por algunos detalles que, tras una investigación cuasi policial, delatan a Juan González que aquello que él va a fotografiar de inmediato sí lo fue.

Antes de emprender el detenido viaje, coge fuerzas Juan González Ruiz sintiéndose deudor de otros dos visitantes de escuelas.

De uno de ellos ya hemos hablado, el periodista Luis Bello.

El otro es el inspector de educación Arce Bodega.

Don José Arce Bodega, nacido en el pueblo de Bárcena de Cicero (Cantabria), fue el primer inspector de educación con que contó, en 1844, la recién creada provincia de Santander.

En 1849, publicó Arce Bodega una Memoria sobre la visita general de las escuelas, fruto de sus viajes por la provincia, describiendo con todo lujo de detalles la situación escolar de cada una de las localidades visitadas.

Tener como referente a Luis Bello también es importante para Juan González. Pero no solo por lo que significaron sus artículos como aldabonazo para la toma de conciencia de la necesidad de una mayor preocupación por parte de los políticos hacia la educación, sino además porque debemos hacer lo posible para que no se pierda "el rastro, quizás más presente de lo que cabría pensar, de un escenario no tan distinto al que podría haber contemplado don Luis Bello en su época si hubiera pasado por nuestras tierras cántabras." (p. 23)

Hubo épocas, como en el primer tercio del siglo XX, en las que el viaje pedagógico servía también para conocer lo que se hacía en los países europeos más avanzados en temas educativos e intentar después aplicarlo en España.

Cita Juan González, en relación con esto último, a Félix Martí Alpera, y su Por las escuelas de Europa de 1904, como uno de los más conocidos maestros viajeros (sobre este particular, se puede consultar la magnífica publicación a cargo de Pedro Luis Moreno Martínez editada con motivo de la exposición conmemorativa Félix Martí Alpera (1875-1946): un maestro y la escuela de su tiempo, celebrada en Murcia en los meses de noviembre y diciembre de 2010. Y en, concreto, el capítulo titulado "Los viajes pedagógicos de Félix Martí Alpera, 1900-1911", pp. 25-32).

Y cita también al inspector de educación en la provincia de Santander Antonio Angulo Gómez, viajero pedagógico él mismo e impulsor de viajes de maestros de la provincia donde él trabajaba por diversos países europeos.

Como el viaje necesita dotarse de un cierto equipaje que nos permita contextualizar la historia de cada rincón que visitaremos, realiza Juan González Ruiz en su Viaje apasionado por las escuelas de Cantabria un excelente repaso (pp. 24-33), a grandes rasgos, de los momentos y factores más importantes que han determinado el desarrollo de la educación institucionalizada en Cantabria a lo largo de los dos siglos de existencia de la misma en España; que en esta provincia, como en otras del norte de nuestro país, adquiere rasgos un tanto peculiares por la influencia benefactora de los llamados indianos.

Y una serie de prevenciones antes de emprender el viaje.

La primera de ellas es no asustarse por lo poco que se cuidaban los edificios escolares por parte de las autoridades municipales mientras los mismos cumplían su función educativa. Y, generalmente, cuando estos se cerraban se dejaba en su interior todo el utillaje escolar totalmente desprotegido (aquí, aunque no lo diga Juan González Ruiz, la administración educativa tuvo su parte de responsabilidad, al no establecer un proceso claramente regulado de transferencia de los materiales de su propiedad desde las antiguas escuelas unitarias que se iban dejando de utilizar a las nuevas concentraciones escolares). Y, prosigue el autor, los mismos regidores locales, tan poco preocupados por el mantenimiento de los edificios de las escuelas de su lugar mientras estas estaban en funcionamiento, invertían posteriormente grandes cantidades de dinero en costosas remodelaciones, en las que se solían preocupar por no dejar referencia alguna, letreros o carteles, que denotara su antiguo uso escolar.

La baja consideración social del oficio de maestro, dentro del conjunto de las personas que se dedicaban a instruir en los diferentes niveles de la enseñanza, también, señala Juan González Ruiz, es rasgo a tener en cuenta a la hora de enfrentarse a la historia de la educación en nuestro país.

Salvo excepciones, y en tercer lugar, la poca importancia otorgada a los edificios escolares, a pesar de poderse encontrar en muchos de ellos notables características, en relación con otras partes del patrimonio arquitectónico; como se comprueba al ser raro que se incluyan establecimientos de enseñanza en las guías al uso de pueblos, ciudades o regiones.

Y, por último, y más arriba nos hemos referido ya a ello, conviene prevenirse contra los que, con fines comerciales, hacen de la escuela de otro tiempo objeto de mofa.

Juan González solo cita al pseudo investigador Andrés Sopeña y su El florido pensil, pero la nómina se nos antoja amplísima. Como amplísima es la ignorancia de quienes desconocen, o quieren desconocer, "el valor de la educación escolar, siempre tributaria de su tiempo, llevada a cabo por unas personas dignas de todo reconocimiento y que trabajaban en penosas condiciones y con precariedad de medios, los maestros y las maestras; a algunos de los cuales seguramente deberán la base que luego habría de permitirles adquirir una cuidada formación superior digna de mejor uso que el de reírse de su propia herencia pedagógica." (p. 34)

Con las prevenciones señaladas, "el viajero y su hipostático guía acompañante (,que) caminan siempre cámara en ristre", pueden ya emprender su apasionado viaje.

Nuestra recomendación es ahora, para todos los sensibles hacia el pasado de la escuela, de Cantabria y de otros lugares (la lectura de Viaje apasionado por las escuelas de Cantabria y la contemplación de sus fotografías aportan datos indispensables para el conocimiento general de la historia de la escuela en España), para los eruditos (que tras este viaje lo serán un poco más) y para los que desconocían mucho de lo que en el libro se dice (que unirán a su enriquecimiento cultural un gran disfrute), que acompañen al viajero a lo largo de los siguientes capítulos, porque el viaje no les va a defraudar.